Deuda buena y deuda mala

Vivimos en una sociedad donde las personas siempre tienen prisa por comprar cosas. Por eso piden préstamos para coches, viajes y otros caprichos. Al final acumulan tantos préstamos que se endeudan. Por ejemplo, quieren un coche nuevo, pero no piensan en ahorrar durante varios años para comprarlo; todo para ellos tiene que ser ahora.

Después se quejan de que no tienen dinero, pero esto sucede porque están endeudados.

Los ricos viajan y disfrutan de lujos cuando ya se lo pueden permitir.

Deuda buena: Es la que te genera valor o te ayuda a ganar más dinero del que cuesta el préstamo.
Ejemplos: hipoteca para una propiedad que se alquila, préstamos educativos, inversión en un negocio, etc.

Deuda mala: Es aquella que no genera ingresos.
Ejemplos: préstamos al consumo, hipotecas de viviendas donde no se obtiene rentabilidad, deudas con altos intereses, etc.

Los ricos suelen tener buenas deudas, mientras que la gente pobre o de clase media suele acumular malas deudas.

No entiendo por qué muchas personas pobres no se preguntan cómo los ricos han conseguido hacerse ricos.

Los ricos ganan mucho dinero y gastan menos de lo que ingresan. En cambio, la mayoría de las personas pobres tienen deudas y gastan casi todo lo que cobran.

La deuda de los dos caminos

En un barrio lleno de luces, tiendas y anuncios que prometían felicidad instantánea, vivían dos amigos de la infancia: Leo y Matías. Ambos habían crecido juntos, con sueños parecidos y la misma ilusión de “llegar lejos”. Pero, al hacerse adultos, eligieron caminos muy distintos.

Leo trabajaba como mecánico. Ganaba decentemente, pero cada vez que veía un coche nuevo pasar frente al taller, sentía que debía tener uno igual. “La vida es corta”, pensaba. “¿Para qué esperar?”. Así que pidió un préstamo para un coche deportivo. Luego otro para un viaje a Cancún. Después una tarjeta de crédito para un móvil de última generación.

Cada compra le daba un chute de alegría momentánea, pero la alegría se desvanecía cuando llegaban las cuotas. Y aun así, repetía el patrón, convencido de que la felicidad estaba en lo que pudiera comprar ahora.

Matías, en cambio, había desarrollado una obsesión tranquila: entender cómo funcionaba el dinero. No era tacaño ni vivía como un ermitaño; simplemente, posponía lo que quería hasta poder pagarlo sin ahogarse. En vez de endeudarse, ahorraba un porcentaje fijo de cada sueldo, aunque fuera poco. Trabajaba como repartidor, pero estudiaba por las noches un curso online de electricidad industrial.

Un día, mientras caminaban por la calle principal, Leo señaló un escaparate donde brillaba un reloj caro.

—Me lo puedo pillar a plazos —dijo, entusiasmado—. Solo son 60 euros al mes.

Matías sonrió.
—¿Y cuántos meses?
—Veinticuatro. Pero da igual, ¡míralo!
—Si lo quieres, está bien —respondió Matías—. Pero piensa: ¿qué te dará a cambio, además de un par de selfies?

Leo se rió, convencido de que Matías era demasiado serio.

Los años pasaron. Y mientras Leo acumulaba préstamos como quien colecciona recibos, Matías terminó su curso. Consiguió un trabajo estable en una empresa eléctrica, con mejor sueldo. No compró coche nuevo, sino uno usado pero fiable, pagado al contado. Finalmente, y con paciencia, se atrevió a pedir una hipoteca pequeña para un pequeño piso que pronto empezó a alquilar.

Un día, agotado, Leo lo visitó. Tenía los ojos cansados y un sobre lleno de facturas en la mano.

—No sé qué está pasando, Mati. Trabajo más que nunca y aún así nunca tengo dinero. ¿Cómo lo haces tú?

Matías lo miró con compasión. Le sirvió un café y le mostró una libreta donde registraba gastos, ahorros y proyectos.

—La diferencia no está en cuánto ganas, Leo. Está en cómo lo usas. Tú compras tu felicidad a crédito. Yo la construyo poco a poco.

Leo bajó la mirada.
—¿Crees que puedo cambiar?
—Claro —respondió Matías—. Sólo necesitas dejar de vivir para hoy y empezar a vivir para tu futuro.

Fue la primera vez que Leo entendió que la deuda no era solo dinero: era el precio de la impaciencia. Y también descubrió que la libertad financiera empieza con una decisión pequeña, casi invisible: esperar.

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *